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viernes, 19 de marzo de 2010


SERIE ARMÓNICA


Los padres, junto con su buen amigo, Alvaro, se sentaron frente a la mesa del Dr. Carlson.
--Por favor, Ernesto, siéntate con nosotros –le llamó su padre, pero el chico siguió mirando tranquilamente los libros de la biblioteca del despacho del Dr.
--No se preocupe por él, Sr. Del Pozo –intervino el Dr. mientras abría la carpeta donde se encontraba todo el historial de Ernesto –quisiera hacerles algunas preguntas que no me quedan claras. Según he podido leer, parece ser que durante el embarazo el lado izquierdo del cerebro del pequeño estuvo apoyado sobre una parte infartada de la placenta. Pero nada dice el informe sobre si en los últimos cuatro meses del embarazo el feto no se movió de la misma posición.
--No se movió, Dr. Carlson –intervino la madre –ese fue el motivo que nos hizo ponernos en contacto con otros especialistas. En las “eco” se veía que movía brazos y piernas, pero no el cuerpo. Nadie se dio cuenta de que la placenta estaba infartada hasta después del parto. Cuando nació y se pudo comprobar, mi ginecólogo me recomendó ponernos en contacto con un buen pediatra, pues el niño podría tener secuelas. Y ya ve los resultados.
El psiquiatra siguió leyendo el historial.
--¿Por qué se repite con tanta frecuencia en el historial su obsesión por la serie armónica? Hay algo que no entiendo. Dice taxativamente que su coeficiente intelectual es muy limitado, entre veinte y treinta. ¿Está basado en los tests de Stern o en su rendimiento escolar?
--En su rendimiento escolar, Carlson –habló Alvaro –ya que no se le ha podido hacer nunca un test de inteligencia; no es capaz de fijar su mente en idea alguna.
--Entonces… ¿Qué quiere significar esto de la serie armónica?. Si mi memoria no me falla, una serie armónica puede ser musical o matemática y, en ambos casos, son de muy difícil comprensión –El Dr. Carlson veía algo extraño en aquel historial
--Ya le hemos dicho que yo, además de amigo de la familia, me ofrecí como profesor del niño, al comprobar desde muy pequeño que tenía grandes problemas de avance en sus desarrollos físico y psíquico. Como psicólogo lo he estado tratando durante diez y seis años y solo es capaz de fijar su atención en una determinada serie armónica.
--¿Una determinada? –al terminar la pregunta, Carlson levantó la mirada para observar al chico. Este seguía mirando detenidamente los libros, uno a uno --¿Ha aprendido a leer? Observo que está leyendo los títulos de los libros.
--No, Carlson, Ernesto solo lee números y muy pocas palabras. En realidad, he descubierto que cuando ve una biblioteca, lo que hace es buscar un libro que hable de series armónicas. Pero lo sorprendente no termina ahí. Maneja el ordenador de una forma increíble. Las hojas de cálculo BinCalc y Excel, junto con el programa BMSS de simulación, son su pan diario y, a veces, hasta las noches.
Carlson se echó hacia atrás en su sillón y miró detenidamente a Ernesto. Al rato, se irguió
--Ernesto. ¿Te importa acercarte? –esperó un momento y al ver que Ernesto seguía mirando libros, se levantó y acercó a él --¿Estás buscando algo en especial?
Silencio absoluto. En ese momento, Ernesto, cojeando, pues no movía correctamente ni piernas ni brazos, se alejó hacia el extremo de la biblioteca. Carlson le siguió.
--Esta biblioteca es mía y la conozco bien; dime que buscas y te lo encuentro enseguida.
--No insista, Dr. o no le oye porque está concentrado en la búsqueda o no le entiende –intervino la madre. Pero Carlson siguió junto a Ernesto.
--Si buscas un libro sobre series armónicas, no tengo aquí, pero mañana te prometo que lo tendrás. En ese momento, Ernesto se volvió hacia él y le miró, con su cabeza torcida hacia la derecha.
--¿Zpseie mo..eca? Da –y se fue hacia su madre –Z…eie mo..eca, ma –y sonriendo le acarició el pelo. Ella le cogió la mano
--¿Para qué quieres mas libros de series armónicas, Nesto? te los hemos comprado todos…
--Uco un nn..umm..ro pa mmmi zpss..eie –le contestó Ernesto
Alvaro, al ver la cara del Dr. Carlson, le aclaró
--Busca un número determinado para su serie
De nuevo Carlson se sentó en su sillón y se quedó pensativo. Al poco tiempo, miró a los padres de Ernesto.
--Bien, me haré cargo del enfermo de inmediato. Por sus características no es necesario internarle, pero para mayor velocidad en su estudio, necesitaré que el Dr. Alvaro Mirell le acompañe durante un tiempo bastante dilatado.
Así lo acordaron.
_______________________
Un año llevaba Ernesto asistiendo diariamente a sus entrevistas con Carlson. Cumplía aquel sábado diez y nueve años y su madre le preparó una pequeña fiesta a la que asistieron tanto Alvaro, como Carlson y sus esposas.
Y una gran sorpresa le tenían preparada, pues su regalo era el más potente ordenador del mercado, que, a sus espaldas, un técnico le había instalado en el despacho de su padre y que se encontraba en funcionamiento con los programas de todas las hojas de cálculo del mercado y el mejor programa de simulación armónica, que Ernesto usaba a diario y todos sus “trabajos” instalados.
Preparada la gran tarta, la madre le pidió que soplara las velas, error de repetición anual, porque, en realidad, lo que Ernesto hacía era espurrear toda su saliva por la tarta, dejándola inservible para el resto de comensales; para él no.
Servidas las bebidas y viandas, la madre se acercó a la puerta del despacho del padre, cerrada, y llamó a Ernesto. Fue hacia ella con su peculiar forma de caminar, sonriendo y le tomó la mano.
--Y, ahora, tu regalo, que está sobre una mesa adicional que hemos puesto en el despacho de tu padre –y le acercó empujándole suavemente hacia la puerta. Todos se acercaron a ver su reacción. Nada más abrir, sus ojos captaron los cambios y sobre la mesa encontró un maravilloso ordenador nuevo, a cuyos lados habían colocado dos grandes bafles.
No pudo moverse. Quieto en la puerta, el chico se quedó parado contemplando el precioso y ansiado equipo.
--¿Es que no vas a ver como funciona? –le incitó el padre. Lentamente, como no queriendo despertarlo de su temporal letargo, se acercó y se sentó en el sillón. Puso sus manos sobre el teclado y todo en su cuerpo cambió. Ya nada existía fuera de aquella pantalla. Al tiempo, se volvió hacia su madre
--Ma, Ma, mi zpss..eie. Ta ahí –y siguió tecleando
--Si, hijo, te hemos instalado todos tus trabajos para que ahora trabajes en este nuevo ordenador –pero ya la mente de su hijo andaba por otro mundo.
Salieron y le dejaron disfrutar. Sentados en el salón, habló el Dr. Carlson
--Realmente yo no podría hablar de esquizofrenia, en el caso de Ernesto, aunque sí de un comportamiento obsesivo. Pero esa obsesión por esa fantasiosa serie armónica le permite a su cerebro realizar trabajos que su consciente no le permite y ahí está lo asombroso.
--Luego, tú entiendes que lo de su obsesión por esa serie armónica de la que habla es una forma inconsciente de desarrollar su intelecto, duramente castigado por su fase prenatal.
--Pudiera ser hasta una autodefensa ante su debilidad. Aún el cerebro tiene actuaciones que no podemos entender, pero… --se quedó en silencio al oír como, desde el despacho, llegaba una serie de notas muy contundentes y extrañas.
--¡Ma, Ma..! –se oyó el grito de Ernesto, apareciendo seguidamente; se acercó a su madre y la tomó de la mano --¡en, codre, mi zps…eie, mi s..eie! –y tiraba de ella con fuerza
--¿Qué le pasa a tu serie, cariño?
--No tem…ppo, no pacho catro men…chión. ¡No, Ma!
--¿Qué el tiempo y el espacio no son la cuarta dimensión? ¿De qué estás hablando, hijo? –intervino el padre
--Pa, la catro men…chon no tem…poo, la mu ica –y seguía tirando de la mano de su madre.
--Dice que la cuarta dimensión no es el tiempo, sino la música. Quiere que vayamos a ver –y todos se acercaron al despacho.
El chico se sentó en el sillón. Golpeó algunas teclas y en pantalla apareció una serie de números pasando a mucha velocidad.
--Ma, en, mi..ra. esa colo…dá –señalando una celda en rojo –e mi zpse…ie de n..ume…do. Eta ota e mi zpse…ie mu..ica –señalando otra celda en verde. Apretó la celda roja y de nuevo apareció en pantalla un extraño conglomerado de números corriendo. Cuando paró, apretó la verde y de los bafles salieron los sonidos que ellos habían oído en el salón.
Ernesto se levantó del sillón.
--Ma, no mova pa..nta..a ni la vo..se –le indicó, señalando primero la pantalla del ordenador y luego los bafles –En, Ma –y, tirando de ella, la llevó detrás de la mesa del ordenador –Neto pone ahí –y le indicó con la mano donde se iba a colocar --Ma to…ccca co..lolá y e…rde –indicándole que tocase las celdas roja y verde al mismo tiempo.
--Pero, hijo, dime para que quieres que haga eso. Si no sé para qué debo hacerlo no lo haré bien.
--Pa….ra ..que unchi…one mmmmi zpsss…eie mo..ica
--¿Para que funcione tu serie armónica? ¿Por qué no lo haces tú? –Ernesto la miró sonriendo
--No, Ma, Neto ah..í –y sin esperar nada más se colocó a la misma distancia de la pantalla del ordenador y de los bafles, quedando estos a cada lado suyo y perfectamente alineados con él.
Miró a la madre y le indicó con un gesto que apretara la tecla del “intro” una vez seleccionadas las dos celdas de color rojo y verde.
La madre miró al psiquiatra, a su marido, sin saber para qué hacía aquello. Finalmente, viendo que todos estaban expectantes ante el ensayo de Ernesto, apretó la tecla.
Los maravillados y sorprendidos ojos de todos vieron como lentamente el cuerpo de Ernesto desaparecía en el aire… ¿para siempre?

martes, 19 de enero de 2010


ENVIDIA

Luis tomó la pluma y escribió.
“La odio. La odio con tal intensidad, con tal desesperación, que lloro lágrimas de sangre todas las noches cuando, al filo de mi muerte diaria, me hago una sincera reflexión sobre el día vivido”
“Y me prometo, es más, me juro solemnemente, que jamás volveré a sentirla, que jamás permitiré dejarme llevar por sus incomprensibles e inadmisibles razones. Pero ella puede más. Tiene tal poder sobre mí que a veces pienso que es una enfermedad genética contra la que luchar podría ser contraproducente para mi seguridad mental”
“Y me dejo llevar por su infamia”
“Crea ante mis ojos falsas esperanzas; distorsiona mi realidad; me hace ver belleza deseable donde solo hay normalidad, inteligencia donde encefalograma plano. Mentira donde sinceridad. Así, cuando intento disuadirme de que todo es producto de un incorrecto funcionamiento de mi mente, surge un fuego de mi interior que me ciega, enrojece mi vista y todos los poros de mi cuerpo escupen ira contra el objeto deseado, contra personas que sorprendidas de mi furia, se amilanan y huyen, dejándome solo y desarmado. Entonces vuelvo a la normalidad y lloro de desesperación por no haber podido vencer mi odio”
“¡¡¡Maldita seas, envidia!!! Porque estás destrozando mi vida, aislándome de aquellos a los que más quiero y admiro, a sencillas personas que viven adornados involuntariamente por virtudes que la vida no tuvo a bien regalarme o que yo nunca he sabido utilizar”
“¡¡¡Maldita seas, envidia!!! Porque has cegado mi mente a la realidad; porque me estás dejando solo, sin amigos, sin familia, sin vida”
“¡¡¡Maldita seas, envidia!!! Porque me has hundido en la más mísera condición humana; porque no me cerraste la mente lo suficiente como para perder la consciencia de todo lo que hacía”
“¡¡¡Maldita seas, envidia!!! Porque hace cinco miserables días, atando mi voluntad al muro de la impotencia, acabé con la vida del único amigo que soportó durante estos años tu existencia. ¡Sí, lo reconozco! De nuevo te creí y me convenciste de que él me había arrebatado ese puesto de dirección en nuestra empresa, que me correspondía ocupar, por derecho, por justicia, por el trabajo realizado. Así lo creía hasta que esta mañana me dijeron la verdad”
“Pero ya nunca más podrás torcer mi voluntad. Esta noche nuestra lucha sin cuartel te la gano sobradamente por goleada”
Dejó el escrito sobre la mesa y acercándose a la ventana, miró al cielo sonriendo, sumergiéndose en la noche para siempre.
El juez, terminada la lectura, no pudo evitar que una enorme amargura le inundara el pecho. Moviendo negativamente la cabeza, guardó el escrito en su portafolio.

sábado, 24 de octubre de 2009



El Libro de los Proverbios
Oye, hijo mío, la instrucción de tu padre,
Y no desprecies la dirección de tu madre;
Porque adorno de gracia serán a tu cabeza,
Y collares a tu cuello.
…………………
La sabiduría clama en las calles,
Alza su voz en las plazas;
Clama en los principales lugares de reunión;
En las entradas de las puertas de la ciudad dice sus razones.
¿Hasta cuándo, oh simples, amaréis la simpleza,
Y los burladores desearán el burlar,
Y los insensatos aborrecerán la ciencia?
Y los insensatos aprobaron la Ley; y muchas chicas, como Belén, se dejaron llevar.
--¿Sabes, Luisa? Mañana cumplo los diez y seis. Mis padres se han ido este “finde” al apartamento y me han dejado sola.
--¿Vas a dar una fiestecita en casa? –y Luisa se quedó mirando muy seria a su amiga –No puedo entenderte, Belén. Yo, en tu situación, no tendría ganas de fiesta. ¿Has hablado con tus padres?
--¡Por favor, Luisa, déjame en paz! He tomado mi decisión y no voy a cambiarla por mucho que me digas. Tampoco tengo que hablar con mis padres. Ya sabes qué opino de ellos.
Caminaban de vuelta a sus casas. Luisa miraba de soslayo a su íntima amiga, mientras esta, una chica bastante atractiva que, nada más salir del colegio, su falda menguaba casi hasta la mitad de sus muslos, iba mirando a todos los chicos que se cruzaban a su paso.
-¡Bel, espera! –al grito, ambas se volvieron a esperar a Toni que salía de las últimas del colegio. Al llegar a su altura les preguntó --¿Dónde vais con tanta prisa?
-A mi casa, que tengo que preparar la fiesta de esta tarde –dijo Belén y, volviéndose, comenzó a andar de nuevo –si salieses del cole como todas, no tendrías que correr luego.
-Es que estaba hablando con la Seño de Historia. El Lunes tenemos que entregarle los trabajos para la calificación de este trimestre.
--¡Hija! ¿Tú no piensas en otra cosa que no sea estudiar?
--Ja, ja, aquí me quedo. ¿Me invitas, verdad? –y sin esperar respuesta entró en el portal.
-Belén, no seas así; ella no tiene ni tu cara ni tu cuerpo.
-Pues mi cara no, pero mi cuerpo ya no está para muchos desnudos; pero eso lo voy a arreglar la próxima semana.
-¡Por favor, Belén, hablas del tema como si eso fuera algo normal! ¿Estás segura de lo que vas a hacer?
--¡No empieces de nuevo, Luisa; ya lo hemos hablado; no voy a cambiar de idea!
-Pero… es que ya estás de tres meses y medio y según dicen…
-No me importa lo que digan, la que está embarazada soy yo y no me voy a desgraciar el resto de mi vida por culpa del fallo de una maldita goma. Y no hablemos más, no quiero que llegue a oídos de mis padres.
-¡Claro, como tus padres te dan todo el dinero que quieres, no necesitas decírselo para abortar!
-Si no lo tuviese yo, se lo pediría a Joca; al fin y al cabo es el culpable –y aceleró el paso.
…………………
Terminó la Semana Santa y de nuevo el Colegio. Las tres amigas se reunieron un poco antes de llegar a las puertas del Colegio.
--Por el color que traes en la cara está claro que te has ido a la playa –le comentaba Toni a Luisa, mientras Belén, algo apagada, miraba sin ver.
--Belén, te he echado de menos. ¿Te fuiste por fin con tus padres? –le reclamó la atención Luisa.
--¿Con mis padres? No, no, al final no me fui con ellos. Decidí ir a Valencia a ver a mi prima Ro.
-¡Ah! Nada sabía. ¿Qué tal lo has pasado?
-Bien, pero ahora no tengo ganas de hablar de eso. Vamos para clase y luego hablamos –y sin esperar a sus amigas, salió andando hacia el colegio.
Luisa no dejó de observar a Belén. Algo había en ella que no le gustaba, pero conociéndola bien, sabía que tendría que esperar a que Belén le quisiera contar sus problemas.
Y pasaron los días sin novedades, pero Luisa cada vez veía a Belén mas alejada y triste, hasta que aquella tarde de viernes, al salir de su casa para ir de compras, la encontró esperándola.
--Belén, ¿qué haces aquí?
--Nada. Estaba… --y sin terminar de hablar, se puso a caminar
--¿Me acompañas de tiendas? Tengo que comprarme un traje para la boda…
--¿Y tienes que hacerlo esta tarde? Entonces me voy, no tengo ganas de ir de tiendas.
--¡Espera, mujer! Vamos donde tú quieras. ¿Te apetece ir al cine?
--No sé lo que me apetece; solo quiero andar, no quiero pensar, ni estudiar, ni nada. Estoy harta de todo esto… --y sus lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. Luisa, al ver el estado de su amiga, se acercó a ella y cogiéndola por el brazo, la empujó hacia un pequeño parque. Se sentaron en el suelo, junto a un gran árbol.
Fueron unos minutos de silencio, donde solo se oyó el silencioso llanto de Belén.
--¡Esa maldita doctora me enseñó el feto! –gritó de pronto Belén y, llorando de nuevo, se apoyó en el hombro de su amiga --¿Por qué tuvo que hacerlo? ¡La odio, la odio tanto que por las noches sueño con matarla!
De nuevo el silencio entre las amigas, mientras abrazada a Luisa, Belén se tranquilizaba. Luisa, en absoluto silencio, con sus ojos anegados de lágrimas, intentando evitar que su amiga no notara su tristeza, le acariciaba el pelo, mientras esperaba pacientemente un nuevo arranque de Belén.
--¡Pero si solo tenía tres meses, Luisa, solo tres meses y ya tenía piernecitas y manitas! Era como… un pequeño… muñeco… -- su llanto no la dejó terminar.
Tres largas horas de confidencias en las que Luisa lloró toda la verdad de su amiga y tomó conciencia del tremendo arrepentimiento de esta. Nada se podía hacer ya, solo afrontar los hechos, pero… ¿Quién podía convencer ahora a Belén?
Ya anocheciendo, salieron en dirección a sus casas. Por primera vez, Luisa entendió que debía romper su silencio.
--¿Lo saben tus padres, Belén?
--No, solo tú. A ellos no se lo podría decir nunca, ya sabes como son.
--En ese caso, yo creo que deberías hablar con alguien que te pueda ayudar. Yo no sé ni qué decirte.
--¿Quién me puede ayudar en esto? ¿Por qué no me avisaron de lo que luego se siente? Ya no tiene vuelta atrás y yo solo quiero morirme. No duermo desde entonces, ni tengo ganas de comer, ni de hablar. Siento vergüenza de mí misma y cuando voy al baño, tengo que apagar la luz para no verme la cara. ¡Luisa, yo ya solo quiero morirme! –y de nuevo su llanto rompió el equilibrio. Luisa la abrazó con fuerza, llorando con ella la tristeza de su amiga.
--Vamos a esperar unos días y entonces pensamos qué hacer. Intenta dormir, aunque tengas que tomarte algún calmante, debes relajarte. Finalmente, Luisa dejó a su amiga en la puerta de su casa.
Al entrar en casa, Belén encontró a sus padres, junto a unos amigos, en el salón.
--Hola hija. Ven a saludar a Ana y Germán. Belén entró con desgana y saludó a los amigos de sus padres.
--Mira, hija, esta foto es del día que naciste –y le enseñó un álbum con fotografías antiguas.
--Belén –intervino Ana, la gran amiga de su madre --¿Tú sabías que cuando tú ibas a nacer el médico le dijo a tu madre que si te tenía posiblemente muriese en el quirófano? Al oír aquellas palabras, Belén se quedó petrificada mirando a su madre; luego, sin decir una palabra, salió corriendo y se encerró en su cuarto. La madre pidió perdón a sus amigos y fue a la habitación de su hija.
--Belén, abre, por favor –Pero solo le contestó el silencio. Insistió la madre hasta que definitivamente también acudió el padre. Al ver que Belén no abría, golpeó con fuerza la puerta, que rompiéndose la cerradura, se abrió.
Solo les recibió una habitación a oscura, en silencio y totalmente deshabitada. La ventana de la habitación de aquel sexto piso estaba abierta y, a los pocos segundos un grito de horror rompió el silencio de aquel anochecer.

martes, 6 de octubre de 2009

SU DESVAN

LA SOMBRA


Horribles gritos de dolor retumban en el ya atormentado cerebro de Neo, mientras con trabajosa lentitud recupera la verticalidad. Golpe contundente contra la abierta puerta de cristal del edificio de Prensa. Llevándose una mano a la rodilla y otra a la frente, intentando extraer el dolor del fuerte golpe recibido, prosigue su alocada carrera. Calle arriba, sin elección posible, la negra sombra que se abate sobre la ciudad no le da otra opción.

Neo para un instante al doblar una esquina para recuperar algo de aliento. Vuelve la cabeza y comprueba como la negra y terrorífica sombra sigue avanzando, abarcándolo todo en su mortífero abrazo. Al respirar profundamente oye de nuevo los gritos de dolor y sufrimiento de aquellos que quedaron bajo su opaco manto.

¿Qué hacer? ¿Dónde ocultarse? ¿Cómo huir de tan espantosa realidad? Preguntas que martillean su cerebro mientras con la mirada busca una inexistente solución. No le preocupa la muerte que se avecina, sino el dolor que la acompaña. Sin capacidad para pensar, sigue su absurda carrera hacia la nada, queriéndose alejar de la oscuridad que le persigue.

Al pasar junto al edificio donde vive, mira hacia su piso queriendo avisar con la mirada a su familia de la cercanía del dolor y, en ese instante, aparece ante sus ojos la imagen de la puerta del trastero, en el sótano del edificio; su desván, como él lo ha llamado desde pequeño. Se detiene de nuevo un instante y, sin mirar atrás, se toca el bolsillo, para comprobar que lleva encima las llaves de casa. No lo piensa, toma aire y sale corriendo en dirección al edificio.

¡Grita desesperado al tener que detenerse para abrir puertas! Sus piernas tiemblan de pánico y cansancio y debe apoyarse en la pared para mantener el equilibrio. Nada le responde, ni manos, ni piernas y su respiración, a medida que la puerta se resiste, se hace más dificultosa.

Se vuelve hacia la sombra gritándole su culpa al quitarle el oxígeno que necesita para respirar. Finalmente la puerta se abre y, como una fiera rabiosa, se lanza escaleras abajo. En su segundo salto, la pierna le falla y cae con todo su cuerpo en la meseta de la escalera. Su rodilla golpea la pared y se oye un crujido seguido de un agudísimo dolor en la articulación. Nada le detiene, llorando de desesperación, sigue pasillo adelante hasta llegar a la puerta de su desván. A cada paso, una aguja se le clava en la rodilla, llegándole el dolor hasta el mismo cerebro. Tras muchos intentos, consigue que la llave gire en la cerradura, al mismo tiempo que al fondo del pasillo comienza a oírse el mismo terrorífico zumbido que acompaña a la sombra. Abre la puerta y la cierra tras de sí, colocando contra ella todo lo que sus manos alcanzan a encontrar en el “desván”. A tientas busca telas y plásticos que sabe que están en los estantes y cubre todos los resquicios de la puerta; dolorido y cansado, se sienta en el suelo, abrazando su rodilla con ambas manos.

De pronto, recuerda que en una ocasión bajó una vela al “desván”. La busca al tacto y una vez que la encuentra, la enciende. Mira a su alrededor. Todo es desorden y quietud; la fija en el suelo, a su lado y se queda dormido.

La vela, sin llegar a consumirse, se apaga lentamente…

martes, 5 de mayo de 2009

EL ESPEJO SONRIENTE


(Por motivos ajenos a mi voluntad, mi ordenador me abandonó por otro, durante estos largos días no he podido entrar y mantener mi querido blog; espero que mis amigos no me hayan abandonado)


Diana dio un gran salto hacia atrás horrorizada, separándose del espejo. Al caer sentada sobre el suelo, de nuevo miró y se vio reflejada en él, en una ridícula postura que, desde su perspectiva, aun lo parecía más. Cerró sus piernas y enderezó su cuerpo mientras miraba su reflejo en el espejo. Todo parecía normal y eso la tranquilizó. De nuevo se puso en pie y lentamente, con enorme precaución, se acercó de nuevo a aquella burlona superficie reflectante pero, al fijarse en su rostro, comprobó que sonreía. De nuevo saltó hacia atrás, perdiendo momentáneamente de vista el reflejo de su cuerpo, pero al quedar quieta de nuevo, aquella figura que el espejo le devolvía seguía sonriendo, mientras que ella era consciente de la seriedad y preocupación que podía transmitir su rostro.

Era casi la hora de cenar y lentamente, sin acercarse al espejo y sin perderlo de vista, como hipnotizada ante lo que estaba ocurriendo, se acercó a la puerta; quitó el seguro y, sin pensar en nada más, salió de la habitación como alma que lleva el diablo bajando las escaleras de tres en tres.

-¡Pero, hija! ¿A qué viene tanta prisa? –jadeando por el esfuerzo, Diana se sentó junto a su madre en la cocina.

-Mamá, es que me ha pasado algo muy raro- la madre la miró sonriendo y le cogió la mano temblorosa –estaba en mi habitación, probándome estos pantalones cuando me di cuenta de que al mirarme en el espejo, mi reflejo no hacía los mismos movimientos que yo. ¡No, no te rías mamá, lo que te digo es cierto!

-Está bien hija, te creo, pero permíteme que me sorprenda. Nunca he conocido un espejo “rebelde” -le cortó la madre algo irónica para tranquilizarla -¿quieres que subamos juntas y comprobemos los poderes mágicos de tu espejo?

-¡Mamá! -gritó enfadada Diana -¡no sé para qué te cuento nada, pero lo que sí te digo es que yo no duermo en esa habitación!- y se asentó en la silla con un gesto de rebeldía. La madre, al verla, se levantó dirigiéndose a la puerta de la cocina

-De acuerdo, iré yo sola a comprobar que pasa con tu dichoso espejo -y salió en dirección a la escalera. El grito de ¡¡¡mamáaa!!! que salió de la boca de la hija de trece años, atravesó precipitadamente los tímpanos de la madre y recorrió la vivienda entera antes de desvanecerse al traspasar la puerta del desván. Pero no se fue solo, hasta la madre lo acompañó la autora que, mientras que el grito siguió su recorrido, se quedó abrazada a una de sus piernas como un náufrago se agarra a la tabla de salvación.

Y juntas llegaron a la habitación; tan unidas como una sola madre y ante el espejo aparecieron sus figuras. La madre, viendo el miedo que realmente su hija estaba pasando, comprobó que todos sus movimientos eran perfectamente reflejados por el espejo. Luego lo observó por detrás, lo hizo girar verticalmente hasta ya no saber que más hacer para convencer a su hija que allí nada extraño había.

Diana se fue soltando lentamente de la pierna de su madre y finalmente, con un gran esfuerzo de voluntad, se puso en jarras delante del espejo.

-¿Qué pasa. Es que delante de mi madre no vas a reírte de mÍ? -Le conminó duramente al comprobar el ridículo que estaba haciendo ante su madre -¡Ahora no se atreve porque estás tú, pero te prometo que antes pasó algo raro, mamá.

-A veces, hija, ocurre que creemos ver cosas que solo son producto de nuestras imaginaciones. ¿Habéis estado hoy hablando en el Colegio de temas extraños, o has leído algún libro…

-¡Si! -le interrumpió la hija –hoy nos han estado contando la historia de un fantasma metido en un espejo… -la carcajada que salió de la boca de Diana demostró a su madre que el problema estaba resuelto. Sonriendo se dirigió a la puerta

-Cariño, baja en diez minutos que ya estará la cena preparada y tienes que ponerme la mesa.

-Sí, mamá, termino de probarme el pantalón y bajo a ayudarte -desinhibida por completo del mal trago pasado, Diana siguió probándose la ropa. Se alejaba, se acercaba, mirada por la derecha, por la izquierda; por supuesto su mirada absolutamente fija en su nuevo pantalón y las arruguitas que pudieran formarse en él al cambiar de postura. Finalmente, convencida de que aquella prenda le quedaba como un guante, se alejó de nuevo del espejo y se miró. El reflejo de su cara seguía mostrando una sonrisa extraña, que ella no reconoció y, culpando del efecto a su imaginación, se fue acercando al espejo provocadoramente. Llegó hasta él y pasando sus dedos por la suave superficie del espejo, se dio la vuelta para quitarse el pantalón y bajar a cenar.

Fue en ese instante cuando el reflejo de su mano derecha, saliendo del espejo la agarró por el cuello en un abrazo mortal.

Un grito de desesperación y terror salió de su garganta, mientras que en toda la casa se oyó una inhumana y terrorífica carcajada. Al oírla la madre en la cocina, que en ese momento tenía la sartén en sus manos con el aceite hirviendo para freír unas patatas, se le volcó encima, cayendo parte sobre el fuego que en segundos produjo una llamarada enorme.
-Es curioso -comentó el Jefe de bomberos –que esta casa haya ardido tres veces en diez años y hayan muerto todos sus habitantes –muy curioso. -Y se dio la vuelta después de comprobar que el fuego había sido totalmente extinguido.

sábado, 10 de enero de 2009

PSICOLÓGICAMENTE ¿PERFECTO?

Gunht, como cada mañana, antes de entrar en su consulta, se calza sus zapatillas de deporte y sale corriendo por el sendero que antiguamente conectaba el pueblo de Murg con el condado de Unterterzen. Siete kilómetros hasta el bosque de Vellen y vuelta; siempre contemplando el lago Walensee y siempre admirado de tanta belleza.

Mientras corre y contempla el paisaje, repasa su agenda diaria.

Hoy, a primera hora, visita de la señora Pragter, perennemente acompañada de su hija; a veces duda si su cliente es la madre o la hija. Su dilatada experiencia le susurra al oído que no anda muy equivocado, pero la realidad, estado en el que Gunht cree tener puestos sus pies y, sobre ellos, todos sus sentidos, le indica que la que padece los “desvanecimientos” mentales es la madre. Sonríe mientras pasa mentalmente la hoja de la agenda.

¡Vaya!, exclama al recordar la segunda visita, el enorme problema del joven Louis. ¿Como un chico de unas características tan perfectamente determinadas, con unos resultados de análisis de todo tipo tan perfectos, estudiante de muy alto nivel, en segundo curso de ingeniería de sistemas, tranquilo, inteligente y ... esa sorprendente manía de creerse un ser diferente que tiene un solo objetivo en la vida. En la entrevista que tuvo con su madre, Gunth nunca olvidará el comentario que ella le hizo cuando le contó el problema de su hijo: “Doctor, puede que ahora no comprenda, pero le garantizo que al final, él hará lo que debe hacer para que usted lo entienda todo” y despidiéndose de él le sonrió.

Diez semanas consecutivas; diez horas tomando apuntes de cosas tan increíbles que aun con sus conocimientos no llegaba a entender. Cuando, desarmado por tanta información incomprensible le preguntaba el por qué y para qué, siempre la misma respuesta “Doctor, espere hasta el final” Gunht le insistía – pero... ¿Por qué a mi?. Se entiende que todo esto tiene algún objetivo y ...- como si no le oyese, el joven Louis seguía descargando su mente.

Ya el sudor le empapaba el chandal cuando llegó hasta el bosque; rodearía el enorme abeto del centro del sendero y volvería. En ese instante sintió como le saludaban pero, al no haber recibido el mensaje por sus oídos, siguió corriendo, rodeando el gigantesco árbol. - ¡Doctor Hobbest, buenos días!- le insistió el subconsciente y, deteniéndose junto al árbol, miró a su alrededor. Gran conocedor de la mente humana y del cerebro donde teóricamente se albergaba la obra más perfecta que la naturaleza había fabricado, motivos por los que desde pequeño su gran objetivo fue la psiquiatría, sonrió de la broma que el suyo le estaba gastando y comenzó a correr de nuevo. Fue en ese instante cuando le vio. El joven Louis estaba en el centro del sendero, parado, con sus manos en los bolsillos y, como siempre, la cabeza inclinada hacia un lado, agachada pero mirándole a los ojos.

- Doctor Hobbest, me sorprende su incredulidad; ¡tanto le he contado ya y aun no me entiende. Su “realidad” deforma sus ideas y estas le fuerzan a no creerme!- Gunth se paró junto a él, sorprendido al ver como le oía sin que Louis moviese los labios al hablar.

-¿Eres Louis?. ¿De donde sales?- le preguntó sorprendido por tan repentina aparición; su estupor ante la transparencia de su etérea figura, la sensación de estar como levitando, sin peso alguno y el fuerte impacto al oír nítidamente su voz dentro de su cerebro, solo podrían desaparecer y hacerle reaccionar con una contestación lógica de Louis a sus preguntas.

- ¿Duda usted hasta de sus propias sensaciones? ¿Es que acaso ya ni cree a sus oídos y vista? ¡Ah, Doctor!, no me decepcione ahora que ya todo está hecho. Cuanto le tenía que decir ya se lo dije; todo lo que le tenía que informar ya le informé. Ahora, solo me queda una cosa por hacer y, entiendo que ha llegado el momento-. Al ver cómo Louis se acercaba a él, Gunth se echó hacia atrás alarmado.

-¿Qué es lo que tienes que hacer?. En las sesiones me has dado mucha información que yo no he llegado a entender, pero nunca me has hablado de hacer nada al final. ¿A qué te refieres?.-

- No tema Doctor, nada que pueda hacerle daño alguno, nada que le pueda preocupar- y siguió avanzando hacia Gunth. Al intentar apartarse de él, sintiendo como le oía sin hablar, y viendo como le veía avanzar sin andar, Gunth intentó huir, pero se sintió inmovilizado. Sin poderlo evitar, notó como el cuerpo inmaterial de Louis se introducía en él y, antes de poder decir nada, sintió un pequeño shock en su cerebro.

Instantes después Gunth corría hacia Murg haciendo repaso de su agenda para aquella mañana. El sudor le corría por todo el cuerpo; ya el calor del verano se empezaba a notar.

domingo, 14 de diciembre de 2008

UNA EXTRAÑA MIRADA



Louis oye el ding dang del reloj del salón marcando las nueve de la mañana, mientras lentamente se va haciendo el nudo de su corbata. Le tiemblan algo las manos; no puede evitar sentir esa sensación todos los lunes, cuando, impecablemente vestido, se dirige hacia la puerta de casa.

Al pasar por el salón su madre, siempre atenta a todos sus movimientos, le sale al paso.

- Anda, déjame que te arregle esa corbata. Con cuarenta años y siempre doblada.

Louis sonríe mientras le deja hacer; sabe que mejorará su aspecto y necesita estar perfecto, como cada lunes.

-¿Vas al museo? Ten cuidado al cruzar Rivoli, esa avenida tiene muy corto el tiempo del semáforo y siempre hay problemas.

- Lo haré, madre. No te preocupes, volveré, como siempre.

Ella le da un beso en la mejilla y Louis la aparta cariñosamente, mientras su mano izquierda busca el bastón tras la puerta de salida de la vivienda. No espera el ascensor, siempre ha sentido una especial necesidad de utilizar las escaleras, sintiendo como sus peldaños de madera crujen en distintos tonos su paso por ellas.

Vive en Daunou, esquina a Louis le Grand, calle por la que baja lentamente hasta llegar a Danielle Casanova. Sigue por su acera izquierda; sabe que a doscientos pasos mal contados se convierte en Petits Champs. No le gusta esta avenida por el enorme ruido de su tráfico y se desvía a la derecha, por las callejas de Saint – Roch, dÁrgentanuill, Echelle, hasta llegar a Rivoli.

Se para un instante y respira; ya huele la humedad del Sena y le gusta esa sensación, sobre todo, en esta época de primavera. Cruza la avenida lo más rápido que le permiten sus piernas, sabe que el semáforo es corto y el tráfico rápido. Sonríe recordando las palabras de su madre. Por la acera derecha de Rivoli, recorre sus últimos metros hasta el arco bajo Louvre medieval, para entrar en la plaza del carrusel. Inmediatamente la pirámide de vidrio y tras subir unas cuantas escaleras, las mecánicas no le gustan, le ponen nervioso, se encuentra en la Sala de las Naciones, ante su maravillosa Gioconda.

Respira profundamente y se extasía ante el cuadro de la mujer de sus sueños. Todos los lunes viene a visitarla desde hace años, cuando sin conocer su existencia pasó por esa sala y sintió algo tan profundo que ya nunca más pudo dejar de visitarla.

Los primeros turistas no le molestan, pero al cabo de una hora, el murmullo, movimiento y algún que otro zarandeo, le sacan de su ensoñación y volviendo a la realidad con cierto grado de mal humor, se dirige lentamente a la salida. Otro día más, otra semana más de espera ilusionante.


Antes de regresar a casa, se acerca a la orilla del Sena, busca un banco vacío y sentándose, se deja llevar por sus sentimientos. En alguna ocasión, escurridizas lágrimas se le han escapado sin control. Hoy no, hoy se encuentra animado.


Vuelve a casa, pero en esta ocasión lo hace en el metro. Es solo una estación en directo pero sus ánimos y ganas de pasear se han quedado en la sala junto al cuadro de sus ilusiones.

Abre la puerta, se acerca al salón donde sabe que su madre le espera pacientemente.

- Hoy vuelves algo más tarde.

- Si, tuve suerte y los turistas me dejaron…

La madre le interrumpe.

- Pero te noto una expresión mas viva. ¿Pasó algo?

- ¡Qué podría pasar! Todo sigue igual y así será siempre.

- Louis, ¿Cómo te has podido enamorar de ella? Pero si tú…

Louis vuelve la cabeza hacia su madre y le sonríe.

- Ya sé, madre. Yo soy ciego, pero mi ceguera está solo en mis ojos.

sábado, 22 de noviembre de 2008

CAIDA "SIN" RED

¡Noche aquella, inolvidable, tan larga como completa, tan emotiva como sorprendente! Lo cierto es que hubo de todo. Quiso el buen y bien educado Alberto Pardo ir a la habitación del hotel para asearse un poco y confirmar la habitación y, Karamelo Color, tan en su papel de relaciones púbicas (perdón, la “l”) le acompañó en todo momento.

-Karamelo, por favor, ¿te importa esperarme mientras me ducho?- y ella, con esa caída de ojos cual persiana de grandes almacenes a las ocho de la tarde, le sonreía mientras, sentada sobre la cama, encendía un cigarrillo en paciente espera.

¡Ah! La tranquilidad junto a aquel hombre dura lo que la luz cegadora de un rayo de amor en los ojos de un púber. Primero un sorprendente gritito seguido del correspondiente golpe, el sonido de unas cortinas al rasgarse y... tranquilidad de nuevo.

Karam, tan poco acostumbrada aun a aquellos cambios en el orden universal, de un salto se puso de pie y en dos pasos se acercó a la puerta del baño.

-Alberto. ¡Alberto! ¿Te encuentras bien?

-Me encuentro, me encuentro, aunque aun no sé si bien, pero... ¡Ni se te ocurra entrar! Acabados de conocer no quisiera que me vieses así- Silencio, tan absoluto silencio que Karam acercó su oído a la puerta y lo presionó con fuerza para intentar oír algo del interior.

En su recién nacida empatía fue tan perfecto el acoplamiento que Alberto eligió justo ese momento para abrir la puerta. Y así lo hizo, pero no necesitó tirar de ella, ya que era tanta la necesidad de oír que Karam había puesto que, al desbloquearse el pestillo, Karam, cigarrillo incluido, puerta, Alberto y toalla, terminaron dentro de la bañera que inocente y completamente ajena a la impetuosa escena de amor que se desarrollaba, ocupaba un pequeño y alejado rincón de baño de una habitación de hotel de una ciudad cualquiera.

En su intento de evitar ser atropelladamente acometido por la amorosa impetuosidad de Karamelo Color, Alberto Pardo, intentó esquivarla, girando hacia su derecha, pero no lo suficiente como para evitar que ella se le echase encima, quedando atrapado en un abrazo tal que lo arrastró con ella a la antes dicha bañera. El gesto hizo que su cabeza golpease contra el grifo, evitando así que fuese la cara de ella la que agrediese de una forma tan imprevista y desaforada al pobre, inocente y metálico vierte aguas; pero a quien agredió fue a su cara. Frente contra frente, nariz contra nariz, ojos contra persianas de grandes almacenes, labios sellando un beso de amor que aquella misma mañana había comenzado a florecer en aquellos dos corazones puros en el aeropuerto de una ciudad cualquiera. Pecho contra dos esperanzadas protuberancias envidia de profesores y alumnos de la universidad, vientre contra tripita que ya empezaba a gatear, pelvis contra pelvis (la situación y el imprevisto no daban para mas), rodillas contra rodillas. Un acoplamiento tan perfecto que nunca nadie podría asegurar que aquellos dos seres no fueron siempre dos en uno, una perfecta exaltación del signo de géminis, al cual ambos habían pertenecido hasta aquella explosión de amor que les unió para siempre. R.I.P

Lo único que la brigada de investigación criminal pudo determinar, a instancias del rector de la Universidad y cuadro completo de catedráticos, fue que el semen encontrado pudo ser motivado por el "rígor mortis" o por el numerito del Kamasutra que estaban intentando practicar aquellos dos enamorados.

domingo, 9 de noviembre de 2008

MERIENDA EN EL MAUSOLEO



Tarde de Julio en el sur; hora de toros y solana. Como en procesión, saharianas blancas y tostadas sobre pantalones de tergal a mil rayas y rematados por sombreros de paja, colocados según genes y vivencias, van entrando en el mausoleo.

Puertas para gigantes abren la marmolada del palacio moro que fue, hoy merendero de reconocido prestigio y lugar de reunión de los señores del pueblo. Casino quizás, aunque abierto a todos.

Suenan al entrar los tacones de cuero de los blancos zapatos, unos de piel, otros de arpillera, según comodidad o sudor, quedando perdidos en el marmóreo espejo que suelo, paredes y columnas forman el fresco mausoleo.

Y sobre ellos no está el cielo; cubre el enorme patio una montera de plomo, vidrio y hierro. Invento de aquellos moros que durante tantos años poblaron y disfrutaron estos predios. Entra la luz, pero no el calor, ni el agua, que ya está dentro, pero donde debe estar, correteando entre el mármol, regando flores y plantas y cantándoles una nana a aquellos que, merendada la tarde, descansan sus cuerpos.

Patio andaluz de flores lleno, de mármol puro, de uso árabe, regado por rectilíneos canalillos por donde el agua corre despreocupada, transparente y fresca, humedeciendo el ambiente; única con derecho a sonar en el silencioso mundo del mausoleo. Entre columnas y parterres, mesas de mármol y hierro; sillas hamacadas donde sentar el calor y, descansado el sudor, refrescar la garganta con infusiones de té verde mandarina, espíritu de arándanos, té rojo africano o indio, té de kombucha; café de Colombia o Brasil, Mozambiqueño o Porteño; manzanilla, camomila que aromatiza el patio, hierbas tepache o kéfir de agua; también se puede servir carcadé de hibisco. Y como no, té verde a la menta, quizás dejado por los moros que moraron aquellos tiempos. Tantos aromas juntos, tan densos que adormecen la memoria, relajan los viejos músculos y ceden los cansados párpados, como las viejas persianas de los vencidos balcones de los caseríos que antaño fueran mansiones.

Sobre las mesas y al alcance de sus apetitos, bandejas repujadas de plata, que protegidas por hermosísimos paños de encaje, portan pastas y bombones, dátiles y frutos secos, pequeños, fáciles de comer, que no hay que cansar al “Señor”, las tardes no son para eso.

Algún periódico suelto, ocultando losetas de mármol rotas, caídos de manos muertas, adormecidas por el aroma, la edad y el silencio.

Y así transcurre la tarde, lenta, liviana, lánguida, sin esfuerzo; esperando que las horas vayan minando la fuerza y la luz del implacable sol del verano andaluz, soportable porque, antaño, unos moriscos sabios inventaron un lugar donde merendar las tardes del estío sureño.

martes, 28 de octubre de 2008

HUYÓ DE MÍ



Sentí al silencio corroer mi dolorida alma, cuando la claridad del saber se ocultó en sus ojos, semicerrados por el peso de la sabiduría y perdidos entre las arrugas de su rostro; y me negó la sapiencia, el conocimiento. Me negó la vida y lloré sin entender su silencio.
¡Cuantas veces soñé que llegaría a entenderle, solo viéndole hacer, oyendo sus consejos! ¡Aquella ilusión con la que emprendí el camino, el duro y empinado camino de la sabiduría, quedó desparramada en el negro olvido ante unos ojos opacos, que se negaron a iluminar el resto de mi camino. Y lloré de impotencia, de tristeza al ver mi vida perdida.
Libro de sabiduría, enciclopedia de experiencia, eran para mí sus maravillosas lecciones y mi avidez por saber me llevó a la impaciencia que terminó secando la fuente de la que bebía.
-¿Dime, maestro? ¿y si le miro con fijeza, podrá mi mente leer sus pensamientos?
-¿Dime también? si le hundo en la tristeza, ¿sabré extraer de su mente sus deseos?
-¿Dime?... ¿Dime?...- ¡Tanto le pedí y fueron tantas veces que inconscientemente se fue hundiendo, sin querer parar mi sed de conocimientos.
¡Cuantas preguntas quedaron perdidas en la profundidad del silencio de una mente saqueada! Su mirada vidriosa caía sobre mí agonizando, al tiempo que su quebrada voluntad se rompía de impotencia.
Miré a la sabiduría a los ojos, ya secos y turbios, pero, en un instante, apareció ante mí una chispa de luz y al verla, quise hacerle una última pregunta
-¿Dime maestro, donde encontraré la fuente de la sabiduría?- Y recibí por respuesta la oscuridad y el silencio.
Aquella pequeña chispa de vida se fue apagando ante mis ojos.
Aquella mente privilegiada, huyó de mí, de mi avaricia, refugiándose para siempre en la locura. Y lloré tristemente su silencio.

sábado, 18 de octubre de 2008

ILUSIONANTE PASEO



-¿Tú crees que será capaz de pasar ese muro que tiene delante? Yo apuesto porque lo rodea- le comenta Luis a Mikel
-Por lo que le he visto hacer hasta hora… espera, déjame mirar mas detenidamente- y al instante mira a Luis –yo apuesto porque sube el muro y lo pasa.
-¡Ah!, pues si apuestas por esa decisión, pongamos precio a la apuesta. Yo me juego hasta veinte euros.
-¡Joder, tío, veinte euros!- se sobresalta Mikel mientras se toca el bolsillo derecho. Se queda pensando un buen rato y de nuevo mira y contesta –de acuerdo, pero me los tienes que fiar porque no los llevo encima.
Luis, al oírlo, se levanta de la silla y se le queda mirando con las manos en la cintura.
-Pero… ¡bueno!, ¿me crees tonto? Te he visto pagar el desayuno esta mañana con un billete de veinte euros y ahora me dices que te fíe. Si quieres apostar hazlo poniendo la apuesta sobre la mesa y hazlo ya, sin mirar de nuevo que a toro pasado todos somos infalibles- y metiendo la mano en su bolsillo, Luis saca la cartera y pone un billete de veinte euros en la mesa –Pero que conste que mi apuesta es porque no sube el muro, pues puede rodearlo o dar marcha atrás.
-¡Está bien, está bien, hombre!- y sacando veinte euros del bolsillo, también los coloca en la mesa –Y, ahora, miremos a ver que hace- Y los dos se pusieron a mirar de nuevo.
Aquel extraño ser, como esperando a que los dos amigos se pusiesen de acuerdo en sus apuestas, aun andaba parado ante el muro sin tomar decisión alguna. Aun dudó un instante más hasta que, en un momento, encogió sus pequeñas patitas y dando un enorme salto, se subió a la parte alta del muro que le cortaba el paso. Ya arriba giró la cabeza para admirar el paisaje que le presentaba su nueva posición y sin pensarlo mucho, comenzó a andar en la dirección donde el terreno que pisaba era más liso y en suave pendiente hacia abajo.
La carcajada de Mikel sonó en la sala y levantando la cabeza, recogió los cuarenta euros que en ella había depositados
-¿Tú has visto eso?- exclamó la sorprendida voz de Luis –ha dado un salto que le supera en más de diez veces su altura. ¡Con lo enclenque que parecía el tío! ¡Ese salto no lo da ni una pulga! ¡La madre que lo p…!- y volviéndose a su amigo Mikel que con gesto usurero guardaba y saboreaba los billetes en su bolsillo, le preguntó
-Tú, de estar en su lugar, ¿Hubieses gastado todas tus energías en dar ese enorme salto para pasar por encima de ese muro?
Mikel le miró sonriendo
-Si quieres que te diga la verdad, nunca hubiese intentado salvar ese muro, pero, claro, yo no estoy en el pensamiento de ese tío y vete tú a saber qué es lo que está buscando.
-Pues míralo, ahí lo tienes parado cogiendo algo del suelo- comentó Luis mirando de nuevo. Mikel se puso a mirar también
-Tío, es muy pequeño lo que ha cogido y no lo puedo ver, aunque no entiendo que puede haber encontrado ahí. ¡Joder, y ahora se lo está comiendo! Estará alimentándose para coger energía para llegar a donde vaya
-¿Ir?- preguntó Mikel sorprendido -¿A dónde va a ir ese microbio, si lleva andando cuatro días en esa muestra que no mide ni un milímetro? Ese tío no va a ninguna parte- y apagando el microscopio se alejó rezongando hacia a mesa donde trabajaba junto con Luis en aquel frío laboratorio.

martes, 30 de septiembre de 2008

LA VENTANA INDISCRETA



Rod descalzó de un solo y adiestrado golpe su vieja y enmohecida vespa y, apoyando su pié izquierdo sobre la palanca de arranque, dio un fuerte pisotón, acelerando simultáneamente. No corrían buenos tiempos para su destartalada montura, pero enamorado de ella, tantas veces se estropeó, otras tantas la arregló.

Hoy no tenían buen día; ni ella, arrugada por los años y por los golpes sufridos, ni Rod, después de otra alcoholizada y mala noche. Cuarenta años aplastados por sus desvanes y mala vida. Tanta fotografía de estudio de cariñosas mujeres, o las tomas en lugares inhóspitos buscando ese gran premio que nunca llegaba; la soledad, la buena mesa y el mucho beber le estaban arruinando una vida que según él, ¿de qué valía si no se disfrutaba a tope?.

Taconeó la palanca de nuevo, con tal fuerza que, el rebote de la misma, le golpeó la tibia rompiéndosela en dos. No se sabe que fue más fuerte, si el grito o el dolor, pero instantes más tarde se encontró sentado en una silla de ruedas y escayolado desde la rodilla hasta el tobillo de su pierna izquierda.

Mientras la hierática enfermera empujaba su silla, sacó el móvil para llamar a algún amigo que le sacara de allí; infructuosa tarea de alguien que a lo largo de muchos años se había preocupado muy mucho de no permitir a “ajenos” entrar en la intimidad de su vida. Pidió a la enfermera que llamara a un taxi, en el que, tras muchos esfuerzos pudo sentar su dolorido cuerpo. Poco después llegaba a su apartamento.

Al entrar, tuvo que sentarse y colocar la pierna en alto, el dolor amenazaba con superar su capacidad de resistencia. Tomó consciencia de que aquella mañana tenía prometido entregar unas fotos. El sobre que las contenía había quedado en la vespa. Sacó el móvil y localizado un número, esperó la llamada.

-Soy Rod, lamento no haber llegado con los negativos, pero he tenido un accidente y me he roto una pierna...

-Lo sé, pero me encuentro inmovilizado en mi apartamento y la pierna escayolada. Le ruego me envíe a alguien para que recoja el sobre con la serie de negativos.

-No se preocupe, estaré en casa; ya le he dicho que estoy inmovilizado- y levantándose lentamente, se acercó al laboratorio que tenía instalado en el apartamento y comenzó a revelar nuevos negativos.

Terminado el trabajo y sentado en el sillón, colocó la pierna en alto; giró la mirada por el salón buscando algo que hacer. Ni radio, ni TV, odiosos aparatos. Finalmente observó el enorme ventanal y contemplando el grisáceo cielo de Londres, se quedó dormido.

Del sueño le despertó un extraño impulso, pues todo a su alrededor era silencio y quietud. No movió ni un músculo; sus ojos se abrieron mirando inexplicablemente hacia una de las ventanas de las viviendas que había enfrente de su calle. Su vista se fijó en uno de los apartamentos sin motivo aparente, en el que pudo observar como un hombre hablaba y gesticulaba mirando hacia un lugar que no era visible desde su ventana. Instintivamente se levantó y apoyado en la muleta, caminó hacia su equipo de fotografía. El dolor volvió a aumentar, pero su necesidad de buscar la foto perfecta pudo más y tomando la máquina le cambió el objetivo a largo alcance, la colocó junto a la ventana y graduó para observar detenidamente la escena que se desarrollaba en aquel apartamento.

Al recuperar la visión, comprobó que había una mujer junto al hombre. Su máquina comenzó a clickear; ambos gesticulaban fuertemente hasta que el hombre, lanzando su mano izquierda, golpeó a la mujer, cayendo ésta al suelo. Él siguió sus gritos y amenazas hasta que, levantando las manos, se sentó en un sillón.

Debió tomar conciencia del espectáculo que había montado frente a la ventana y levantándose de nuevo se acercó a la misma con intención de cerrarla cuando, al levantar algo la vista, se dio cuenta de la existencia del vouyeur y su equipo de fotos. Los gestos con mano amenazante informaron a Rod de su indiscreción, al mismo tiempo que la mujer apareció por detrás con un enorme cuchillo de cocina para asestarle una puñalada por la espalda. Rod clickeó de nuevo su indiscreta máquina justo cuando el hombre se giró con violencia, clavándose el cuchillo en su hombro. Tan rápida fue la escena como rápida la máquina de Rod que en ningún caso ocultó su intención fotográfica. Arrancó el cuchillo con su mano izquierda, nuevo click y tal como salió de su hombro, entró hasta el corazón de la mujer que cayó fulminada al suelo.

Rod vio la amenazante figura del hombre mirándole mientras salía corriendo hacia la puerta del apartamento. Sus nervios se tensaron y miró hacia la puerta de entrada, comprobando que se encontraba cerrada. Quitó la máquina de la ventana y miró a su alrededor para comprobar donde se encontraba su móvil. Al pasar por la ventana vio como su vecino salía corriendo desde el portal cruzando la calle, cuchillo en mano. Los nervios le dominaron, dudando qué hacer. En ese segundo de duda, sonó el timbre de entrada y, alcanzando un estado de nervios febril, salió corriendo hacia el sillón junto al que había dejado su móvil. No llegó; de nuevo su rota pierna le falló y su cabeza, al caer, se golpeó fuertemente contra la esquina de acero de la mesita frente al sillón. Cayó cuan largo era al suelo y, mientras el mensajero seguía insistiendo en su llamada para recoger unas fotos, de la cabeza inmóvil de Rod comenzó a brotar un suave, lento y rojo hilo de sangre en el que, sin poderlo evitar, se fue escapando su vida.

Al comenzar un nuevo día en Londres, un viandante se paró en el kiosko de prensa para comprar, asombrado por el titular de The Times, el suicidio de un hombre en la estación de Goodge Street, portando en su mano izquierda un ensangrentado cuchillo de cocina.

martes, 16 de septiembre de 2008

¿SALVAJE YO?



Un grito horrorizado surge de mis labios cuando, sorprendido y al mismo tiempo hipnotizado, leo con ansiedad patética las narraciones que mis desconocidos amigos vuelcan en el tintero.

Me asombra la capacidad de crear horror, de recrearse en la esperpéntica integración de su ser en los mas profundos abismos de la crueldad que la mente humana es capaz de imaginar. Si cierto fuere que todo lo imaginado tiene, ya de por sí, la capacidad de ser realidad …………………………. .

Por otros lados cuentan que …. Pero, puntualicemos un poco; creo que sin un análisis “a priori” de lo que para mi es crueldad, horror, patetismo, sadismo y otros más ….ismos a incluir, no tendría lógica mi sorpresa al observar como mis colegas del tintero, si es que merezco pertenecer a tan insigne foro, cambian a su buen entender cualquiera de los significados de la palabra “SALVAJE”.

1: No cultivado, cuando se habla de botánica.
2. No doméstico, cuando hablamos de zoología. También feroces.
3. Terreno montuoso, áspero o inculto, hablando de agricultura.
4. Necio, terco, zafio o rudo, si hacemos referencia a la inteligencia o forma de comportarse de los animales sociales.
5. Situación y/o actitud fuera de nuestro control o de una inteligencia cualquiera.

Aumenta mi sorpresa al comprobar que, en ninguno de los casos, aparecen los vocablos crueldad, horror, sadismo, ……

¿Pudiera ser que nuestro acontecer diario nos esté llevando a un presión arterial que haga de nuestro cerebro algo similar a una enorme olla a presión en la que las ideas, los razonamientos, las pasiones inconfesables, los deseos más escondidos, la incapacidad sexual (quien la tenga, claro), los odios y venganzas, …… se mezclen en una especie de cocido madrileño y nos haga ver apariciones donde solo luce el sol en un sencillo y agradable atardecer de otoño?. Eso sí, un otoño reseco y carcomido por la pertinaz sequía a la que nos tienen sometidos los políticos, periodistas y otros hombres y mujeres de malvivir, ¡me parta un rayo si no descargo la maldita adrenalina que me está comiendo las entrañas!.

- Pero, ¡bueno Incon, con la fama de tranquilo y apacible que tú tienes por estos foros de Dios……!. ¿Dónde vas con ese léxico impropio de ti?.

-Cierto es, vive Dios!.

Y por lo bajini marrulleo sin articular vocablo alguno.

-¿Y este de donde sale y a qué viene a sonrojarme y avergonzarme ante todos……….. ¡Qué puñetas!. ¡Ni control ni historia! Que la Diosa no ha especificado. ¡Salvaje y punto!.

Ahí va mi narración: “ Iban tres hijos de pu…. , que no tenían mas nada que hacer que dar por saco a toquisqui que se encontraban por medio, cuando al doblar una esquina se dan de cara na menos que con Torrente2, mire usted “for where”……………..

La soledad es como un enorme agujero negro, con esa ansia infinita de absorber todo lo que le rodea, vaciando su entorno, enfriándolo como el hielo al vaso que lo contiene.

Pero todo tiene un límite, al igual que la capacidad de absorber y, cuando a él se llega, la soledad explota incontroladamente, regando sus alrededores de una vomitosa mezcla de recuerdos y vivencias; es entonces cuando amanece la locura.

Quizás en ese estadio me encuentro.

El que quiera saber como termina que me compre el libro. Bussines is bussines.

¡Si es que somos como somos y na mas!.

domingo, 3 de agosto de 2008

PUFF, COMO POMPA DE JABON



Mañana fría de un invierno con mas atraso que el AVE a Barcelona; con la fuerza que da la obligatoriedad de llegar al trabajo antes de las ocho, aquel amanecer, salí de casa como cada mañana. De no haberlo hecho, ni hubiese llegado al trabajo tarde, como así ocurrió, ni la hubiese conocido, ni posiblemente nada de nada; son los inconvenientes de salir o no de casa cada mañana. Anduve rápido pero con precaución al ver como las aceras reflejaban con demasiada perfección el horizonte.

Doblé una esquina. ¡Bien, bien! solo giré alrededor de ella, ya sé que estaba doblada antes de llegar yo y, fue ahí, precisamente ahí, cuando ella quiso doblar la misma esquina... perdón, quiso girar en la misma esquina que yo, pero en sentido contrario. (Ya se sabe las mujeres, hasta antes de presentarse ya nos llevan la contraria) Ella no quiso tropezar conmigo; yo sí quise tropezar con ella. Pensadlo, era mas bien espectacular, con unos ojos que miraban a la Cibeles y hacían andar al carro con la diosa, un pelo rubio natural, aunque me hubiese dado igual que fuese teñido, en realidad le vi el pelo por lo que pasó mas que por mi interés en esa parte de su cuerpo.

La cuestión es que ella, (siempre ellas) al intentar evitarme, cosa por otro lado lógica porque feo soy como una maldición en medio de una iglesia, resbaló con engañosa suavidad de unas aceras acristaladas y no por la esmerada limpieza del Sr. Alcalde y dio a caer sobre mi enamorado pecho.

¿Has observado alguna vez los aspavientos y manifestaciones llamativas que todo el que va a caer hace para llamar la atención del público asistente? Yo si y, además, en aquella ocasión hasta sentí sus efectos porque, no solo la diosa Cibeles... ¡Perdón! Se me fue la olla, la espectacular chica se vino a mis brazos como las olas del mar se mecen desvanecidas sobre la fina arena de las playas (¡cómo me ha quedado oyes!), sino que una de sus manos, precisamente la derecha (y eso que la política a mi como que ni fu ni fa), se fue a posar, con la suavidad con la que una hoja otoñal se posa en el suelo, sobre mi entrepierna.

Verla en mis brazos, tan cerca sus rojos labios de los míos, sus ojos mirándome con sorpresa, tan abiertos, tan hipnóticos y que tan inesperadamente me atacase por los bajos sin que yo ni tan solo me hubiere insinuado; ¡vamos, sin frenos y cuesta abajo!. Aquello fue demasiado para mi y sin soltarla (es lo último que hubiese hecho ni en ese momento ni el resto de mi vida) la besé.

¡Ya, ya lo sé, no la besé, bueno y ... qué! Uno no está preparado para que la vida le de ciertas oportunidades. Pero... si yo llego a saber que aquello iba a ocurrir, la hubiese besado seguro; además, y no la hubiere dejado de besar hasta que ella perdiese el conocimiento, por ahogo, ¡ya lo se! pero lo hubiese perdido en mis brazos. ¡Jo!

Pero no, lo único que ocurrió fue que una explosión de fuerza natural descontrolada, descomunal; vamos, como si treinta volcanes al mismo tiempo irrumpieran con todas sus fuerzas y calor en la superficie de la tierra, se desplegó en donde mis piernas se unen a mi tronco... a mi tronco cuerpo, quiero decir y... ¡milagro! ¡mil milagros mas! ella no retiró su mano.

La verdad es que o la chica estaba bien desarrollada o el abrigo que llevaba era de paño bueno porque pesaba con un matrimonio sin dinero; aun así, la retuve entre mis brazos hasta que...

¡Puff, como una pompa de jabón entre mis manos, desapareció!

Abrí mis ojos y tomé conciencia de que otro día mas, llegaba tarde al trabajo.

martes, 29 de julio de 2008

EL DESPROPÓSITO

Cuentan que era extraño en casi todo; huraño, de fuerte carácter, dado a observar en silencio, porque en silencio vivía, entre libros y viejos recuerdos. De edad tan difusa que nadie aseguraba saberla. Su poco pelo perdido en la inmensidad de su cráneo, de tal magnitud y proporción que, de haber usado el cerebro, otra historia se contaría de su pueblo, de su país, hasta del propio universo pero, dejémoslo ahí. Pies zambos y mas bien planos, calzados con botas altas siempre, como un segundo pellejo adherido a su figura desgarbada, mas bien rota, quizás por el peso de sus pensamientos, o no. Sus manos como garras, parecían ser de oso más que de gorila, no sé si por las uñas o por la suciedad que portaban; otra segunda piel que le protegía de insectos y hasta de la vida.

Y aun así triste era su figura que, orgulloso, acostumbraba a lucir día a día por las calles, por la estación, por la plaza del Consistorio; eso sí, sin que nadie lo entendiese, rehuyéndole el contacto, la mirada y hasta el común aire que los cristianos comparten con todos los demás mortales.

Ocurrió como siempre pasan las cosas, sin avisos previos, sin sonidos de trompetas que alegre o tristemente alerten al pueblo llano que algo importante está viniendo. El no andaba por las calles en esos momentos; otros sí, comprando, bebiendo en los bares y comentando el partido de fútbol del fin de semana pasado, o simplemente yendo o viniendo. Se oyó una enorme explosión que llegó hasta los oscuros rincones de la cueva horadada bajo su enorme vivienda, donde la triste figura acostumbraba a cultivar sus champiñones. Enderezó en lo que pudo sus corvado cuerpo y, lanzándose en singular carrera salió a la calle.

Al llegar a la plaza, ya otros le habían precedido y como contemplando la levitación de una aparición mariana, bocas abiertas, sobre ellas las manos, observaban paralizados la fachada de una de las casas, en cuyos balcones de la planta alta se encontraban tres pequeños llorando. Detrás, aparecían y desaparecían las llamas de un enorme incendio. El humo dado en salir por todos los huecos que la vieja vivienda de tres plantas, alertaba a los viajeros más alejados que no pudieron ser avisados del comienzo del espectáculo con la inicial explosión.

No se entretuvo en pensar; ni era su costumbre ni, posiblemente, su mayor virtud y, lanzándose con su enorme mole a la fuente de la plaza, salió empapado hacia la casa. Reventó la puerta de entrada de un solo golpe y se adentró en ella, perdiéndose entre la penumbra y humareda que la inundaban. Todos, paralizados por el estupor, el miedo y, sobre todo, la cobardía, miraban con esa sádica mirada que los seres humanos acostumbramos a contemplar la desgracia de los demás, la “estúpida” reacción del pobre “despropósito”.

No tardó mucho en aparecer en el balcón donde los niños lloraban. Cogió en brazos a los dos pequeños y le indicó al mayor que se agarrase a su espalda. No pudo ser, nada mas dar un paso hacia el interior, donde las llamas ya rodeaban el hueco del balcón, se descolgaba el pequeño, cayendo al suelo. De nuevo al balcón y, dejándole en el suelo, comenzó su carrera con los dos chicos en brazos. No tardó en aparecer en la puerta y, soltándolos casi con brusquedad, volvió al interior. Cuando su figura apareció de nuevo en el balcón, las llamas habían prendido en sus ropas y, tomando al pequeño en sus brazos, miró hacia dentro. Lo intentó una, dos y hasta tres veces hasta que una nueva llamarada le abrasó literalmente la espalda y el poco pelo de su monumental cabeza. No soltó al niño y, apretándolo contra su pecho, dio un salto y se lanzó al vacío.

Cayó de espaldas y sobre su estómago, colchón que amortiguó la caída, el pequeño.

Cuando se acercaron a ellos, el niño aturdido se levantó. Del pobre “despropósito”, quedaron grabadas para siempre en las retinas de la gente del pueblo su sonrisa y su mano derecha, con el puño cerrado y el dedo corazón erecto, hacia arriba, señalando a la gente del pueblo.

sábado, 12 de julio de 2008

LLUVIOSO ATARDECER

Tarde de agradecer, en un setiembre infernal, celoso del verano al que siempre quiso pertenecer.

Luis, con la monotonía con la que una beata confiesa sus faltas todos los días antes de comulgar, camina despacio por la ancha acera del bulevar que, inconscientemente, le obliga a dirigirse, aun sin querer, al bar donde se sumerge cada atardecer en lo mas profundo de su alma.

Largo, como la sombra de un ciprés en un atardecer del estío manchego, porque su extrema delgadez no le permite ser alto, camina sumergido en el mar de agua dulce que la inesperada tormenta veraniega descarga sobre Madrid; bulevar abajo, hacia Rosales y, antes de esquinar, su bar, su casa, su refugio, donde desde siempre, sentado sobre la misma mesa y mirando tras el mismo cristal, escribe lo que algún día llegará a ser alimento de las llamas en la caldera de algún pobre soñador como él.

Le es difícil avanzar, el viento que remueve las aguas del mar flotante le empuja hacia atrás, como avisándole de algún oculto peligro tras el tronco de uno de los plátanos de india que adornan el paseo; pero la soledad en la que vive, la necesidad de contar todo lo que lleva dentro, el suspenso en Derecho Civil que le acaban de notificar en la Politécnica, le dan las fuerzas que necesita para vencer la, cada vez, mayor resistencia del viento que le trae olores de pinos de la Casa de Campo. Al llenar sus pulmones con aquel olor, entrecierra sus ojos, quizás para protegerlos mejor de cualquier mota de polvo que, viajando de polizón en alguna de las ráfagas de aire que le maceran la piel, se cuele en ellos y, sonriendo, se recrea en alguna olvidada escena de amor que en otros tiempos pudo disfrutar.

Por fin consigue llegar a la puerta del bar; se sacude el pelo, el resto de su cuerpo está tan lleno de agua que no merece la pena preocuparse mucho más y abriendo la puerta, entra en casa. Se acerca a la barra donde, sin tan solo una insinuación, le espera una taza de café, solo, amargo, denso y tan caliente que le reconforta tan solo olerlo. Mira a Javier y sonríe agradecido; este le devuelve la mirada y con un pequeño gesto le indica una mesa del bar. Luis se da la vuelta para acercarse a su mesa, junto al ventanal, para ver caer la noche y, antes de llegar a ella, ya suena en el ambiente un blues, suave, entrañable, sugerente, íntimo, melódico, eterno. Javier ha elegido hoy el tema Kind hearted woman de Muddy Waters, quizás influenciado por el día, o por la ocupante de la mesa que, subrepticiamente, ha indicado a Luis.

Ya sentado, colocados sus papeles húmedos y algo desteñidos sobre la mesa, junto al café que sus delgados dedos remueven lentamente, levanta la mirada y despreocupadamente mira en la dirección que Javier le indicó. Sin esperarlo, sus ojos se encuentran frente a los ojos más negros, profundos, enigmáticos y bellos que jamás pudiera imaginar, mirándole, sin parpadear, serenos y sonrientes.

Pero aquí ya empieza otra historia.

lunes, 23 de junio de 2008

LA MIRADA INDISCRETA


Roberto salió del despacho donde trabajaba de pasante desde hacía dos años, recién terminada la carrera y, rápidamente, siempre pegado a las fachadas de las casas, se dirigió al restaurante de comida rápida donde acostumbraba a comer. Abrió las puertas del restaurante y, como si el tiempo se le hubiese escapado por algún recóndito orificio del inmenso espacio, se acercó a la mesa más apartada de todas y se sentó; como siempre, mirando hacia la calle, intencionadamente de espaldas a la realidad que, día a día, se originaba a la hora de comer.

Aun no había llegado el grueso de la clientela así que, no tuvo que esperar mucho para oír a su lado la voz de la camarera

-¿Va a comer lo de siempre?- sin tan solo un saludo, Roberto asintió con la cabeza mientras su mirada se perdía a través de la cristalera que daba a la calle, entre el ir y venir de los viandantes que, a esa hora del día, daba la impresión que todos llegaban tarde a sus destinos. Las mesas de “fuera” del restaurante estaban vacías; aun el tiempo no acompañaba a la invitación de comer fuera, aunque no por ello, el dueño del restaurante no perdía la oportunidad de completar un buen lleno.

Cuando le sirvieron el primer plato, Roberto comprobó como cuatro personas se disponían a ocupar la mesa que, en el exterior, se encontraba frente al lugar que él ocupaba. Tres hombres y una mujer. No los miró para evitar encontrarse con sus miradas e, instintivamente, bajó su cabeza y fijó la mirada en el plato. Al coger el vaso de agua para beber, levantó la mirada y en ese instante tomó conciencia de que el hombre que se había sentado frente a él, en la mesa exterior, le estaba mirando fijamente. Toda la sangre de su cuerpo se le vino a la cara, el vaso se le escapó de entre los dedos y el agua inundó impertinentemente el mantel de papel, la mesa y el suelo.

En ese instante oyó las carcajadas de algunos comensales que, originadas por alguna graciosa salida de uno de ellos, él creyó motivada por su inoportuno protagonismo. Los nervios le saltaron como muelles de sofá destrozado por el juego de los niños y, sintiéndose morir, bajó los ojos hasta el mismo suelo, extendiendo con la suela de sus zapatos el charco de agua que su atolondrado comportamiento había formado. Tan concentrado estaba en su ensimismamiento, que no notó como se acercaba la camarera y al hablar esta, para decirle que no se preocupase que le cambiaría el mantel en un instante, saltó como un resorte y, al ponerse en pié, su hombro dio con el brazo de la chica que no pudo evitar la caída de la bandeja que portaba, con todos los platos.

Instintivamente miró hacia la cristalera, tras la cual se encontraba el señor que con su penetrante e impertinente mirada, le había hecho salir de su estado de objeto anónimo del paisaje del restaurante al que necesitaba pertenecer. En pocos segundos pasaron por su mente imágenes de su juventud. Su madre y su padre siempre gritándole “¡No hagas eso! ¡No toques aquello! ¡No dejes eso ahí! ¡No, No, No! ¡Siempre sintiéndose observado para ser corregido!

Al comprobar que la mirada del desconocido comensal seguía fija en él y todo lo que le acontecía, Roberto no pudo contenerse y, sin esperar la cuenta, sin decir una palabra, salió corriendo del restaurante y cruzó la calle, sin tan solo comprobar que el semáforo, acompañándole en su dolor, estaba del mismo color que su cara.

Un frenazo chirriante, penetrante como la indiscreta mirada de un desconocido, un golpe seco y todas las miradas del los peatones y automovilistas de la calle se posaron en el cuerpo roto de un hombre que siempre quiso formar parte del anónimo paisaje de la vida.

domingo, 15 de junio de 2008

INVITACION A SOÑAR



No me gusta pensar sentado, no, nunca me gustó hacerlo; prefiero pensar paseando, no importa por donde si es la soledad quien me acompaña, ¡claro! con mis pensamientos. Por el parque, por el campo, junto al mar o a un lago, que la mirada se pierda en el horizonte y no vuelva hasta que la reclame mi cuerpo; necesito esa mirada para volver, si es que quisiera hacerlo.

A veces recuerdo el pasado, que para eso lo tengo y enorme, diría yo, por lo menos llevo años escribiéndolo. Otras el devenir, aunque menos, que ya quedan pocas hojas que rellenar de ese cuento; además, ¿qué habría yo de esperar ya?. Pues eso, pensamientos. Hilos de seda indelebles que formen una red etérea alrededor de mi cuerpo, de mi mente, que la protejan de la locura para que nunca entre y anide en mi cerebro. Porque ... ¿puede haber mayor desgracia que la locura te impida soñar y disfrutar de tus sueños?.

Pues sí, soñar; para mí eso es pensar y si la surte permite que realice algún sueño, entonces ya no es soñar, eso es vivir y para eso fui hecho, para vivir cada instante que piso el suelo, o .... que vuelo, que no siempre es necesario materializar los sueños; a veces es tan bonito levitar entre nubes blancas, soñando que soy un sueño, que hago y deshago todo sin esfuerzo, que escribo, rimo y canto, o, sencillamente, juego. ¡Soñar sin importar qué, solo soñar que sueño!.

Y paseando me encuentro, entre la tierra y el mar, en la arena del desierto que queda sin huellas, sin rastros de otros que antes hollaron con sus pies los granos de fina arena de la playa donde sueño. Al otro lado la mar, llena de hojas en blanco donde escribir nuestras vidas, ideas, pensamientos; sueños al fin y al cabo de mentes inquietas y vivas, que junto a la espuma blanca del manantial de vida del que procedemos, dejen al devenir sus historias, sus experiencias, sus pensamientos. A alguien le ayudará, creo.

Es muy curiosa la edad, el tiempo vivido, el proceso. Se va perdiendo el interés, la fuerza, la inquietud, el miedo de otros tiempos y aparece la templanza, la lentitud, no ya solo en el andar, hasta en el pensar soy más lento. Los problemas se resuelven o quedan disueltos en el tiempo; no importa, ya no son problemas, a lo sumo, manchas negras en la memoria, solo momentos de un gran silencio. Se encallece el corazón, a los sentimientos me refiero. Se ama, sí, pero de otra forma, con más calma y sin revuelos, que esos ya duermen la paz bajo telas y almidones en el baúl de los recuerdos. Je, je, sonrío cuando me acuerdo de aquellos momentos. Ahora, una mujer bonita, es bonita porque lo es, antes por bonita y por deseos que, el que no deseaba dormía en suelos de barbecho. Si lo sabré yo que siempre dormí sobre lecho ...

Ya veis, por aquí me encuentro soñando que aun puedo; que ... ¿Qué puedo?.

¡¡¡Ja, ja, ja ¡!!. Pues ¡qué voy a poder! Puedo soñar y sueño.

Si no les importa a ustedes, hoy seguiré con ellos.

domingo, 20 de abril de 2008

LOS TRILLIZOS



Siempre les veía al salir del colegio, por la tarde; los jueves no, que en los Marianistas era medio día de libertad. Me habían comentado que eran tres hermanos mellizos o algún otro palabro que de pequeño oíamos y nos sonaba a incomprensible cosa de mayores. Lo cierto es que cuando me encontraba con ellos, siempre acompañados y seguidos por aquella enorme, yo diría mas bien, descomunal, tata o señorita de compañía, se quedaban mirándome como si viesen algo extraño, cuando la realidad era que los extraños no se encontraban en este lado de las cruzadas miradas.

Eran hijos de una de las mejores y más adineradas familias de mi pueblo. Verlos era como tener repetida una de aquellas estampitas que coleccionábamos de pequeños. Iguales, igualmente vestidos y peinados. Tan perfecta y odiosamente iguales que, cuando uno de ellos lograba articular alguna extraña palabra, que solo entendía la enorme “foca”, perdón, señorita, que les defendía de la maldad del resto de los mortales, los otros dos restantes, como en los partidos de fútbol de cualquier ciudad moderna, repetían en perfecto y monotonizado coro.

En cierta ocasión, recuerdo, le pregunté a mi madre qué les pasaba.

- Son trillizos, hijo, pero tuvieron la desgracia de nacer en una placenta infartada y ...- no la dejé terminar. Cuando los padres de aquellos años nos hablaban como si fuésemos mayores, aparte de que se me quedase la visión cuadriculada el resto del día y por la noche soñase extrañas peripecias, frutos de mis atribuladas neuronas, era mejor no seguir oyéndoles porque al final nada más íbamos a entender. Y al salir corriendo, yo pensaba: “Pues a mi me parece que solo son tontos”.

Cierta tarde, al volver de jugar al fútbol en el colegio, les encontré por la calle. Yo iba algo distraído comprobando una colección de estampitas que mi amigo Luis quería cambiarme por dos canicas preciosas y, sin previo aviso, sin mediar palabra, sin aparente intención que me hubiese avisado con tiempo, uno de ellos, nunca sabré decir cual fue, tan idénticos como eran, me dio un empujón y, cuando tomé conciencia de lo ocurrido, me encontraba tirado en el suelo, las estampas volando en desbocado y galopante vuelo rasante y, casi sobre mis atribuladas piernecitas, aquella enorme masa que, desde mi nueva e involuntaria postura para verla, solo se veían unos gigantescos brazos en jarras, unos pechos, supongo que eran dos porque en realidad solo se veía uno pero tan grande como mi colegio y el trueno de su voz, casi tan grave como la del Padre Camilo, mi profesor de Latín, que me gritaba

- ¡¡Has podido hacerle daño a mi Crispín con tu estúpido comportamiento. Ten cuidado la próxima vez- y señalándome con aquel índice de su mano derecha que, saliendo como pata de elefante desde su hombro, se extendía ilimitadamente largo hasta casi mis ojos, -tendrás que vértelas conmigo.

A veces la vida es extraña y nuestro comportamiento aun más porque en aquellas circunstancias, cualquier chaval de mi edad, aparte de estar haciéndose encima todo tipo de porquerías, estaría envuelto en un mar de lágrimas y arrepintiéndose de no se qué acciones pecaminosas contra la vida misma. Pero no, yo, en ese momento, cuando la “masa” fue a retirar una de sus piernas para seguir la carrera que sus “niños” habían emprendido después de "mi" imprudente acción, levanté mi delgada piernecita y dando su enorme pié contra ella, después de que su voluminoso cuerpo había tomado la correspondiente inercia en aquella dirección, no pudiendo apoyarlo a tiempo para soportar el peso que se venía encima, dio en el suelo, junto a mi cuerpo, con tal estruendo que hasta el involuntario, pero no por ello pequeño, escape de gases que tuvo a bien producirse en tan inesperado momento, quedó silenciado.

Miré y vi; y lo que vi nunca lo olvidaré. Al caer, sus larguísimas zayas, faldas o como queráis llamarles, salieron en la misma dirección que el cuerpo y por tanto, hacia su cabeza dejando al descubierto algo que ningún ser humano haya podido ver jamás.

¿Muslos?. Aquellas cosas eran como las columnas de Hércules, de las que hablan Da Vinci o Plínio que, colocadas una al sur de España y otra al norte de Marruecos, daban paso a la famosa Atlántida. Eso sí, deformes como pocas cosas he podido ver en mi vida. Fofas, magras, blanquecinas como sábanas sepulcrales. Y no os cuento donde se unían porque os podría retirar para siempre vuestros pobres y exiguos instintos sexuales. Lo que sí puedo deciros es que, con aquella prenda íntima, aunque con esas dimensiones de íntima poco podrían tener, yo me podría haber hecho diez o doce pares de camisas para ir al colegio. Como escapé no viene a cuento, pues ya veis que soy yo quien lo narra.

miércoles, 19 de marzo de 2008

VIAJE A NINGUNA PARTE


Navego por el espacio, sin fijar mi rumbo, desconcertado de tanto por ver, tan maravillosamente absorto en el espectáculo que se va presentando ante mí, que no quisiera seguir sin dejar alguna constancia de ello.

¿Por donde empezar?. ¿Qué describir?. ¿Qué admirar?. Es difícil entender que cuando no hay ni comienzo ni final, cuando todo es absoluto, cuando una parte del todo puede ser tan grandiosa que podría contener al todo del que forma parte, no importa donde se comienza un viaje, solo describir lo que me rodea, absorbiéndome e integrándome en él.

Pero ……. ¿quién soy?. Como siempre, lo olvidaba. ¡Tiene tan poca importancia el ser de quien contempla tanta grandiosidad!. ¿Quién soy?. Cualquier cosa insignificante, digamos ……… un corpúsculo de pensamiento con necesidad de sentir toda la belleza del Universo. Por eso, viajo desde la nada hacia el infinito y os lo cuento.

ETA Carina, curioso nombre para ese espectacular arácnido deslumbrante que aparece a mi derecha. En el centro, donde se le unen la cabeza y el cuerpo, late ese inmenso y potente corazón de energía y fuego, entre cárdeno y plata, que le hace parecer viva, dándole vida a la tela de araña que, durante tantos millones de años, estuvo tejiendo. Viro hacia su corazón y lo atravieso. ¡Soy tan pequeño!

¡Ah, visión paradisíaca aparece ante mí, cuando la cegadora luz de Carina queda a mis espaldas!. Es Monoceroti, Mon la llaman algunos, en la Constelación de El Unicornio. Queda muy cerca de Carina, a su derecha, un poco hacia abajo. Creo que es única esta supernova. Tiene forma de huevo en plena eclosión, de color entre grisáceo y marrón, dejándome ver su hipnótico, intenso e incandescente núcleo, rojo como el mismo infierno y en su centro ………… como una ostra ofreciéndome su más preciado tesoro, la más hermosa perla que nunca nadie pudiera contemplar. Derivo algo a mi izquierda, no quisiera interrumpir el amanecer de este nuevo sol que dará luz a todo lo que le rodea.

Y me acerco a la nebulosa El Cangrejo pero, antes de admirar tanta perfección, me paro a contemplar y describir, si puedo, a un pulsar que aparece sobre mi vuelo. Es de rojo intenso. ¡Tanto, que hasta mi pensamiento toma su color!. De forma helicoidal en su centro; es …… como contemplar el vuelo de los volantes de un traje de sevillana, bailando por bulerías sobre un escenario negro como la noche, como el abismo, como ese agujero negro de ahí abajo que, poco a poco me va absorbiendo. ¡Que espere un poco, que aun no llegó mi momento!. Me giro hacia mi izquierda y no puedo por menos que parar, aguantar mi respiración y dejarme mecer en éxtasis en el embelesamiento. Quisiera contemplar un momento esa fastuosa danza de fuego, sin música que la acompañe; jamás nadie supo poner música a baile tan bello, solo el propio Universo y a su ritmo bailan los neutrones magnetizados que componen este pulsar.

Al dejarme atraer por ese maléfico agujero negro, me quedo perplejo al observar a mi derecha algo casi milagroso, algo único, diferente a todo lo imaginado. Es un perfecto anillo de oro puro y, como incrustada en él y en todo su diámetro, la más transparente, fina, luminosa y perfecta esmeralda que jamás nadie pudiere contemplar; un océano calmo solidificado, como abrazándolo, montada al aire por un increíble joyero. Es la Nebulosa de El Anillo.

Y, mientras me dejo absorber, me duermo.